MALDITOS DOMINGOS

Malditos domingos
—digo sosteniendo la cerveza en la mano
y la ausencia en el corazón–.
Malditos domingos.
Y vuelvo a escuchar esa maldita canción.

Nunca entenderé por qué
escuchamos una y otra vez a esa persona en notas.
Por qué, si esa música es ella,
y «ella» ya no forma «nosotras»
le vuelvo a dar al play...

O sí lo sé.

Porque así estoy más cerca de ella.
Y de lo que fuimos.
Porque la música
—aunque muera—
también empieza en domingo.

Y, de repente,
suena otra vida
y creo que comienza otra canción.
Y tengo ganas de todo.
Hasta del olvido.

Dejo atrás mi cuerpo inerte:
allí en el sofá no hace nada.
Con las alas pegadas al respaldo
no se puede soñar.

Y ya solo tengo claras un par de cosas:
que los domingos no tienen la culpa
de que eche de menos
a una aprendiz de musa
y que si me matas tú
siempre me podrá
salvar la música.


Poema de Victoria Ash que se recoge en el libro BESOS DE NADIE

LA PERDÍ ENTRE MIS SUEÑOS



Crucé ríos,
crucé montañas desoladas,
crucé un bosque donde había una cabaña
y abrí la puerta
porque creí que allí estaba.

Porque la busqué en muchos lugares
y no la hallé,
porque no sabía que cubría el cielo esa noche,
una noche lluviosa
donde rayos y truenos
destruían el cielo.

Porque no quería
que nada malo le acontezca
yo sólo quería seguir los caminos
hasta encontrarla.

La busque por colinas y lagos
y ella no aparecía,
porque no sabía dónde ella estaba
ni sabía dónde su alma se encontraba
solo sabía que tenía que encontrarla
antes que el sol se ocultará.

Que será de mí si hoy no le encuentro,
que será de mi si escucha mi voz a lo lejos,
que será del viento, que será del tiempo
si hoy no la encuentro.

Le pido al viento
que me traiga su voz
para poder escuchar sus palabras.

Le pido al tiempo
que se detenga
para poder buscarla
hasta encontrarla
y que la noche no caiga
ni los peligros la acechen.

Si el viento gira,
si el tiempo pasa
y no la encuentro

Me quedara su imagen en el bosque
y sus ojos tiernos
en un sueño eterio.

Poema de David Alvarez Vásquez que se recoge en el libro POEMAS EN UN ATARDECER

SIN TI

Hace tiempo que te fuiste
y todavía no consigo encontrar
las palabras que puedan nombrar
tu ausencia.
Quizá la lengua no fue creada
con tamaño fi n.
Cómo limitarnos a usar
una palabra
para algo que ni siquiera
el corazón
—mi corazón—
puede contener.

Intento retenerte
—aunque sea en él—
y ni aquí ya consientes
quedarte durante los pequeños instantes
que todavía me dan motivo
para creer que volverás.

Intento imaginarte
a mi lado una vez más
pero a estas alturas eso ya es
inventarte.
Crear de la nada
un recuerdo que ya no existe
porque me sabe tan lejano
que no parece cierto
que un día fuiste mi verano
eterno.

Intento olvidarte
y creerme las excusas que salen
de las bocas que nunca te han rozado
—qué sabrán ellos
qué es un beso—.
Y creerme que no eras para mí
y que el día menos pensado
te dejo de pensar
porque el amor está a la vuelta de la
esquina
pero yo sigo aquí perdida
—en tu recuerdo—.

Intento respirar.
Al menos,
empezar por ahí.
Que no es lo mismo respirar
que coger aire
o no haberte conocido
que aprender a vivir sin ti.


Poema de Victoria Ash que se recoge en el libro BESOS DE NADIE

ANTES DE PARTIR

Te quiero y te querré
cuando la mañana empieza
y cuando la tarde
empiece a oscurecer.

Te quiero y te querré
aún cuando escuche
explosiones de guerra,
aún cuando la luna
se oscurezca en el cielo.

Viviré por ti
cien días más.

Viviré por ti
por tu sonrisa brisa,
por tu ternura que cura,
por tus ojos turmalinas.

Te quiero y te querré
en otoños invernales,
en las orillas de los valles,
en la oscuridad de mi cuarto.

Aún cuando mi voz,
se detenga en el cielo,
aún cuando mis pasos
se quiebren al andar.

Viviré por ti
cien días más.
Poema de David Alvarez Vásquez que se recoge en el libro POEMAS EN UN ATARDECER

LEJOS DE TI

No hace falta que te nombre
para que mis ojos delaten
que es en ti en quien pienso.

Quienes te han recorrido
o, al menos, sentido alguna vez
saben de ese brillo
que provoca tu esencia de mujer.

No sé si imaginas
cuántas noches te he llorado
por sentir que era ruido
todo lo que no estaba manchado
con tu acento.
Por recordarte tan voluble y desmedida:
pudiendo ser tan fría
como la ruptura del amor adolescente
y a la vez
tan ardiente
como la lengua que busca tu caricia
en el beso que precede
al desamor.

Hace tanto que me separé de tu tierno abrazo
que comprendo el desconcierto
que provoco
en los incrédulos que no han bebido
de tus labios
las palabras que yo añoro
cada noche.
Y es, solo,
cuando me veo refl ejada
en tus aguas,
cuando me adentro
en tus entrañas
y acaricio la vega de tu espalda,
solo cuando en mi mano
nievas
en la cumbre del deseo
y del ocaso
confundo sus colores
con la piedra roja del legado nazarí
cuando me sé enamorada de mi origen
y entiendo el nombre de esa calle
de los que no viven allí.
Esos tristes, pobres míos,
que han debido de partir
de tu regazo
y escribirte los poemas
que ya no pueden grabarte
con sus días y sus noches
de la mano del amor
por las calles de tu cuerpo.

Y, aun así,
sonrío cuando como del fruto
de la tierra
que te nombra
por estar cerca de ti.
Por saborearte un solo instante
que hago eterno
en mis recuerdos
al traerlos una y otra vez al corazón.

Y pienso una vez más en el reencuentro.
Cuando tu sangre sea el vino
de mi copa
y te haga mía sin demora
como los amantes
que roban
la arena del reloj
de esta condena del vivir.
Y te diré mirándote a los ojos:
qué difícil es mirarte desde lejos,
mi Granada,
qué difícil
es estar sin ti.
Poema de Victoria Ash que se recoge en el libro BESOS DE NADIE

LOS SERES QUEBRADIZOS

El viento los esparce,
los azota la luz,
la sombra los abisma.

El amor los redime,
la muerte los cercena,
la nada los disuelve.

Comparten espejismos,
caricias, vanidades
y profundas creencias.

Todos vienen del centro
y al centro se dirigen.

Todos tiemblan y gozan
y buscan claridades
o proyectan su niebla.

Yo soy uno de ellos:
los hijos del temblor,
los seres quebradizos.

    Poema de Rocío Hernández Triano que se recoge en el libro LOS SERES QUEBRADIZOS Ganador del XXX Premio Carmen Conde de Poesía.
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FRUTAL


Nací en el trópico
soy frutal sin estaciones
me averano a pura voluntad de mis sentidos

El cuerpo
se me llena con olor a mandarina

Presiento en cada pecho
un sabor distinto:
el derecho es maracuyá
y el izquierdo
un leve recuerdo a carambola

En los brazos
y sobre todo en las axilas
se me refugia
un aroma a mango trasnochado

En la curva de las nalgas
queda un resabio a guanábana madura

La papaya se me afinca
en la redonda suavidad del vientre

Por los muslos me sube presurosa
la presencia indiscutida del caimito
y remata en el punto exacto de mi sexo
donde adivino que convergen todos los sabores

Pero es solo en los atardeceres de mar
con el sonido de los caracoles
donde recobro la fiesta frutal
de mi presencia

    Poema de Arabella Salaverry que se recoge en el libro Erótica: Antología poética
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