EL ESPECTRO SEDENTE

Durante la cena de Nochebuena la hermana de mi novia me contó que se dio un susto de muerte hace poco en el trabajo cuando, creyéndose sola, de repente le apareció la mujer de hacer faenas de la habitación contigua. Yo entonces recordé el que probablemente haya sido el susto más grande que me haya llevado jamás.

Tenía un examen de oposiciones al cabo de un par de meses y decidí recluirme en un monasterio para estudiar. Ya había estado allí en Semana Santa por el mismo motivo y me había cundido tanto el estudio que decidí repetir la experiencia. Me he referido a ese lugar como a un monasterio pero en realidad se trataba de una gran masía del siglo XVII en la que se alojaba la Comunidad Monástica de Santa Maria del Mas Blanc. Estaba constituida por tres monjas cistersienses muy agradables con las que coincidía únicamente durante las comidas (que tenían lugar siempre en silencio) y, a veces, cuando salía a dar un paseo por el bosque (la masía se halla rodeada de algunos cultivos de cereales y de bosque de pinos y encinas). En Semana Santa tuvieron otros huéspedes, aparte de mi, los cuales se unían a las monjas también en los ratos de oración. Ahora, sin embargo, yo era el único inquilino y me encontraba absolutamente solo en la primera planta. Ésta consistía en una gran sala con un par de mesas y algunas sillas y de un pasillo a cada lado de la sala en el que se encontraban las habitaciones. La mía estaba al final de uno de los pasillos, precisamente aquel que no disponía de lavabo. Ello no entrañaba ningún tipo de problema durante el día, pero por la noche era otra historia. Tenía que recorrer todo mi pasillo a oscuras y después cruzar (a toda prisa, claro) la sala también a oscuras. Y a menos que quisiera quedarme a dormir en el retrete, luego tenía que hacer la misma ruta de vuelta a mi habitación.

Una noche, antes de acostarme quise ir como de costumbre al lavabo. Recorrí todo el pasillo y cuando estaba ya cruzando la sala pude ver sentada en una silla una figura inmóvil. Di un grito y también recuerdo que pegué un brinco. Sin embargo la figura no se estremeció lo más mínimo. Los oídos se me taponaron del miedo y durante unos segundos dudé entre seguir gritando o salir pitando. Intenté tranquilizarme y llegué a la conclusión de que pudiera tratarse de algún otro huésped que había llegado después de la cena, aunque yo no había oído el timbre en ningún momento. De modo que, armándome de valor, decidí dirigirme a aquel espectro con un "hola, buenas noches". Sin embargo no me devolvió el saludo. Me acerqué un poco más y me di cuenta de que estaba haciendo respiraciones muy profundas. De repente aquel ser sedente dio un grito, lo que provocó que yo diera otro a continuación. Se puso las manos en los oídos y se sacó unos auricularares. Entonces me tranquilicé: "los fantasmas no escuchan música", me dije a mi mismo. En cuestión de segundos el misterio quedó despejado. Aquella figura, un chico de una edad parecida a la mía, me dijo que había llegado hacía poco rato con la intención de quedarse un par de días. Antes de acostarse había decidido relajarse sentándose en aquella sala, escuchando música con los ojos entornados. Ello explicaba que pese a mis gritos y aspavientos él siguiera impávido. Supongo que si lo que aquel chico buscaba era paz y tranquilidad, desde luego aquella noche no la encontró.
©Marc Olmedo 2008

QUIERO QUE SEPAS

Quiero que sepas
Que sepas, en tu corazón, que hay otros que nunca te olvidan. Que siempre encuentres un arco iris después de una tormenta.
Que celebres las cosas maravillosas que hay en ti. Y cuando llegue el mañana, que puedas comenzar de nuevo.
Que recuerdes cuántas sonrisas pueden llenar un día. Que creas que tus anhelos serán una realidad.
Que encuentres tiempo para apreciar la vida y tiempo para compartir tu belleza espiritual. Que veas tu presente como un regalo, y tu futuro como otro más.
Que agregues una página dorada al diario de cada nuevo día, y que puedas convertir "La felicidad eterna" en eterna felicidad.
Y que siempre sigas sembrando las semillas de tus sueños. Porque si sigues creyendo en ellos, tus sueños seguirán tratando de florecer en ti.
La felicidad no depende de lo que pasa a nuestro alrededor, sino de lo que pasa dentro de nosotros.
La felicidad se mide por el espíritu con el cual nos enfrentamos a los problemas de la vida. La felicidad es un asunto de valentía; es tan fácil sentirse deprimido y desesperado.
La felicidad es un estado de la mente. No somos felices en tanto no decidamos serlo. La felicidad no consiste en hacer siempre lo que queremos; pero sí en querer todo lo que hagamos.
La felicidad nace de poner nuestros corazones al hacer nuestro trabajo con alegría. La felicidad no tiene recetas; cada quién la cocina con la sazón de su propia meditación.
La felicidad no es una posada en el camino, sino una forma de caminar.

ANÓNIMO (Texto recogido en http://www.postalesmerche.com/)