A MI HIJO

A mi hijo,
siempre le tengo dicho
que cuando peor vayan las cosas
lo mejor que puede hacer
es cambiar de identidad.

A mi hijo,
le explico que si acaba en la cárcel
lo único en que deberá de pensar,
a partir de que se cierna tras él
el eco metálico de la puerta de su celda,
ha de ser en como escapar.

Podría empeñarme como el resto
de bien intencionados padres
—sin manual de instrucciones
pero voluntariosos para que en el futuro
nadie (eso se creen) les pueda echar nada en cara—,
en aleccionarlo con otra serie de valores
que no son más que buenos consejos
con los que se consuelan
por no poder ya dar mal ejemplo.

Mi propia experiencia, me ha demostrado
que si con el tiempo no los pisotea
lo único para que los usará
será como rehenes
para pasarse al enemigo.

Así que, me esfuerzo por descubrirle cosas aconsejables;
por abrir sus pequeños ojos
acerca de lo poco acertado de llevar una silla para sentarse en un bosque
sobre todo si esta es de madera.

Que no es práctico usar los dedos
para llevar la cuenta de las estrellas.
Que no señale a las personas mayores por ser de mala educación,
y si le pillan, disimule
haciendo como si estuviera contando estrellas.

Que no las interrumpa mientras hablan,
y si alguna lo interroga sobre lo que acaba de decir
porque le han sorprendido distraído a su explicación,
responda, con tono seguro, que contaba estrellas
(la mayoría de los jueces terminan su vida
de emitir juicios sobre otros hombres
sin haber escrito un epitafio para su muerte)

Que mire siempre a los ojos de la gente
para que no pierda nunca la virtud
de saber en cada momento quién le ama.
( con el tiempo vera que casi todos son unos hijos de su madre,
pero a fin de cuentas hijos todos de un hombre y de una mujer)

Que todo tiene sus límites.
Pero que ese todo dependerá
de a qué lado de la cerca se siente
o desde qué lugar contemple el cielo.

Aun así, el mayor de los temores,
con el que juego al escondite,
al margen de que le ocurra algo
ante lo que no me pueda interponer,
es que acabe por parecerse a mí;
y un día, se descubra a si mismo en cuclillas
ante unos profundos y diminutos ojos de Ícaro,
kamikazes deseosos por contar estrellas,
repitiéndole con insegura convicción una afección
que antes me oyó a mí

y que ha planeado como un todo en su vida:
“no hagas nada que yo no haría”



Dedicado a mi hijo Adrián

Poema extraído del libro CONVIVIENDO CON EL CAOS de Óscar Alberdi

◘ Comprar en casa del libro

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