INVENTARIO MATINAL

Ahogándose en el humo
de los automatismos,
un resto de deseo de dormir.

La combustión de lo que hoy diré:
calor de la sintaxis.

Cierto argumento errado
a favor del placer de un desayuno
en soledad.

El enlace fortuito de recuerdos,
y su huella
como palabra lánguida
que no se ha completado y se evapora.

Aún la resonancia de la noche
contra el bulbo raquídeo.

Dudas
que palpan otras dudas: un tumulto
sin sitio a donde ir.

Los olores se estorban,
a punto de mezclarse.

En la piel de los brazos, helada, la baranda.

Y la mañana nítida,

y el cielo no mental,

y la flecha diaria de lo externo
vertiginosamente en mí.

    Poema extraído del libro PIEDRAS AL AGUA de Antonio Cabrera

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COMPAÑERA DE CELDA

No me obligues a vivir
como si cada instante
fuese la tarea acumulada
que dejamos para el último minuto.

Si quieres ser mi cuerpo
no me robes la calma
ni la penumbra de la tarde
que nace tras la bruma
de un bosque encantado.

He huido tantas veces de ti,
pero siempre estás a mi lado.
Tus rodillas y mi forma de llorar,
tus manos y mi sudor,
tus ojos y mi mirada.

No me obligues a vivir
pensando que no tienes ganas
de hacerte vieja conmigo,
que existo en ti por inercia,
que no te importa que me duela
saberte tan frágil.

He tratado de ignorarte,
de evitar la sensación
de tus dedos
cuando sienten la extrañeza
de unos síntomas grises.

Mi angustia
como un aliento fantasma
se aferra al sueño de la vida
y aprende a sonreír
con tu boca a los médicos.

Si quieres ser mi cuerpo
déjame adormecerme en tus párpados,
soñar que somos una sola,
y tú no me traicionas
en la mesa de un quirófano,
que vas a despertarte conmigo
de la misma pesadilla,
que vas a sentirme
más viva que nunca en tu garganta.

No me obligues a madurar
aprendiendo a leer
el mapa de cicatrices de tu cuerpo,
no quiero reconocer otra herida
ni que confundas
el desamor con las enfermedades
y sus nudos de fiebre.

Que no pague tu cuerpo mis pecados
en el naufragio azul de los océanos,
que la distancia sea
un reloj de metal y una tarde de nieve
donde la vida quiera
aprender a besarme en tus labios.

    Poema extraído del libro COMPAÑERA DE CELDA de Ana Merino

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ENSUEÑO

Los ojos rebosan de plumas cansadas
y yo voy dilatándome
cual la niebla olorosa se dilata en la sombra.
Los caminos se están diluyendo en los parques
y una acequia está quieta.
Yo no sé si es que parto o que llego
si es que hablo o que callo.
En las puertas distantes y opacas
los amigos de antaño
se están envolviendo en la tenue penumbra
de las plumas que llueven.
Hay paisajes de bronce en los charcos
y en los acantilados
suenan rondas de niños de palo
y de niñas de mármol.
Caminando por las avenidas y llanos
yo dejé mis recuerdos guardados
en los charcos de bronce.
Me quedé con la risa brincando
en la lágrima helada
mientras cruzan la tenue penumbra
los amigos de antaño.
Entretanto le busco el manubrio
a mi bicicleta
que da volteretas de cien pejerreyes
sobre un cometa torcido.
He llegado cargado de plumas risueñas
al portón de mi casa.
Y no sé si volver o quedarme
si quedarme o seguir.
Yo me siento bajo un eucaliptus
mientras pasa a mi lado
equilibrando un remolino en la cabeza
una gallina de cristal.
Mi madre me trae en tres ampolletas de plumas
un puñado de pepas menudas.
Yo me vuelvo hacia atrás.

    Poema extraído del libro PARRANDA LARGA. Antología poética de Nicanor Parra

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SENTADO

Sentado en el punto de la i
De un mal poema,
Te miro.
Llegas llena de interrogaciones,
(Pongo un signo de exclamación
En tu cintura),
Con faltas de ortografía
Sobre el cabello,
Con la diéresis, del pecho,
Insinuante.
En la primera coma
Te paras y me miras,
En el segundo diptongo
Te atreves a besarme,
Y luego puntos suspensivos,
Y después punto y aparte.

    Poema extraído del libro POEMAS ARTIFICIALES PARA VÍRGENES QUINCEAÑERAS de Pedro J. Moriche Hermoso

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Todo ser humano tiene en su
interior, en su alma,
un sonido bajito, su nota,
que es la singularidad de su ser,
su esencia. Si el sonido de sus
actos no coincide con esa nota,
esta persona no puede ser feliz.
    Anónimo

EL ALREDEDOR

Canta el alrededor, no hables de ti,
que no eres sino ovillo, una escondida
trama de rostro y voz, azar y sangre,
de donde emerges hueco a por oxígeno.

Canta el alrededor, llena tus bronquios
con ese gas de ser que flota al lado.

Los frutales de junio ya rebosan.
En las ciruelas amarillas hay
destilación y fin. Si te antepones,
tu día escribe, al reposar sobre ellas,
un ilusorio siempre en el ribazo.

Mira después la bruma al disiparse:
¿podrías albergar tanta advertencia,
tanta premonición sin vanagloria?

En las cosas el tiempo es otro tiempo,
separado del tiempo de tu edad.
No tiene años, tiene luz, no es ansia.
Canta el alrededor, no te dibujes.

    Poema extraído del libro PIEDRAS AL AGUA de Antonio Cabrera

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NIÑO CON ROSAS

Sucedió en el recinto de una casa decente.
En el seno de cierta familia
comedida y honesta a través de los años.
Un hogar respetable,
todo se hacía de manera discreta
y el sofá de la sala recogía amoroso
distinguidas visitas
bajo el bello retrato del abuelo ministro.

Nació el niño a su hora.
Correctísima mente.
Con el llanto obligado.
(Quizá un poco más suave de lo que es la costumbre.)
Pero todos lo vieron.
(Se notaba enseguida.)
En vez de ojos, tenía dos magníficas rosas.

Qué cruel desconcierto en la honrada familia.
Se quedaron atónitos.
Con un tanto y un cuanto de terror y vergüenza.
El papá, funcionario, personaje importante
era el más afectado.
Con los brazos en alto hizo malos pronósticos:
«Esta criatura no valdrá para nada.
No entiendo, dos rosas para andar por el mundo...»

Se olvidaban mirándole, se olvidaban de todo.
De lavarle y vestirle.
De ponerle en el pecho.
El seguía llorando por sus rosas. Seguía
dulcemente llorando.

Fue la madre la única, ya un poquito respuesta,
que no hizo aspavientos ni extrañó lo más mínimo.
Tomó el niño en sus brazos, lo meció tiernamente.
Le besó las mejillas.
Le tocó los cabellos.

Sonrió al funcionario. «No te enfades. No es nada.
Es un niño precioso.
Vera cosas divinas.
Olerá a primavera.
Y además siempre es bueno tener rosas en casa».

    Poesía recogida en el libro de BELLEZA CRUEL de Ángela Figuera Aymerich

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DIOS LO QUIERE

La tierra se hace madrastra
si tu alma vende a mi alma.
Llevan un escalofrío
de tribulación las aguas.
El mundo fue más hermoso
desde que me hiciste aliada,
cuando junto de un espino
nos quedamos sin palabras,
¡y el amor como el espino
nos traspasó de fragancia!


Pero te va a brotar víboras
la tierra si vendes mi alma;
baldías del hijo, rompo
mis rodillas desoladas.
Se apaga Cristo en mi pecho
¡y la puerta de mi casa
quiebra la mano al mendigo
y avienta a la atribulada!

    Poesía recogida en el libro titulado DOLOR de Gabriela Mistral

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ADORACIÓN NOCTURNA

Que te devuelvan el tiempo de los lunes
y los hagan festivos en tu agenda
para que la semana no te pese tanto
y puedas sentir los dientes de las calles
mordisquear con ternura
el último tramo del domingo.

Que te devuelvan las horas de los lunes
y las puedas guardar entre las sábanas
para que la ciudad se duerma en tu regazo
y se llenen de ti los que te miran.

Que te traigan el ritmo de los sueños
y los puedas bailar,
que la luz de tu abrazo
se guarde algún secreto.

Que los lunes se aprendan
de memoria tu cuerpo.
Que no le falte nada a tu universo
porque el dios de la noche
el lunes descansó
para esperarte.

    Poema extraído del libro COMPAÑERA DE CELDA de Ana Merino

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MI SONRISA ES DE CERA

Mi sonrisa es de cera.
Es latón que se quiebra cuando me tuerces.
Deja de curvarse hacia arriba, se curva de lado
y te intenta superar en un río de pétalos ilusorios,
donde vive mi pensamiento.
Allí, se esconde desafiante mientras tu odio crece.
Simulando desencantos,
ajeno a la despedida que me llena de inseguridad.
La sonrisa es un papel de calco
que se repite mientras me doy cabezazos contra la pared,
blanca pero nunca cuadrada.
El testimonio que nace se balancea en la escalera
porque sabe que, si mira hacia abajo, cae,
aunque no haya precipicio.
De luto y añil, así es tu pelo. Blanca la tez.
Sonríe en sus ojos
mientras le habla en caracteres de luto y añil.

    Poema extraído del libro 2 CERVEZAS Y 53 LABERINTOS de María del Mar Hernández Carnero

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EL MATADOR

Déjeme pasar, señora,
que voy a comerme un ángel,
con una rama de bronce
yo lo mataré en la calle.

No se asuste usted, señora,
que yo no he matado a nadie.

En sus colchones de lienzo
dormirán los sacristanes,
las puertas de las iglesias
estarán todas con llave.

Deme un membrillo, señora,
que voy a morirme de hambre.

Por los helados galpones
llegaré hasta los altares,
con mi revólver de acacia
nadie podría atajarme.

No me mire usted, señora,
con esos ojos tan grandes.

Gritaré: ¡abajo las dalias!
y se asustarán los ángeles,
con mis chicotes de mimbre
los corretearé a la calle.

No me mate usted, señora,
que yo no he matado a nadie.

Al más miedoso de todos
mi gilet voy a enterrarle,
por el obscuro cemento
correrá su fresca sangre.

Cállese, buena señora,
que yo no le callo a nadie.
Le atravesaré las sienes
con una espada de naipe,
regimientos de palomas
despertarán en su carne.

No me mate usted, señora,
con esos ojos tan grandes.

Blandiendo escobas de fuego
vendrían los sacristanes,
yo arrancaría corriendo
por detrás de los altares.

Me matarían, señora,
por haber matado a un ángel.

Dos sacerdotes de esperma
me llevarán a la cárcel,
en una bodega obscura
me encerrarían con llave.

Me comerían, señora,
por haber matado a un ángel.


Dos sacerdotes de esperma
me matarán esta tarde,
por provocar a los santos,
por desorden en la calle,
por derramar en la iglesia
un litro y medio de sangre.

    Poema extraído del libro PARRANDA LARGA. Antología poética de Nicanor Parra

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EL AMOR QUE CALLAR

Si yo te odiara, mi odio te daría
en las palabras, rotundo y seguro;
¡pero te amo y mi amor no se confía
a este hablar de los hombres, tan oscuro!

Tú lo quisieras vuelto un alarido,
y viene de tan hondo que ha deshecho
su quemante raudal, desfallecido,
antes de la garganta, antes del pecho.

Esto es lo mismo que estanque colmado
y te parezco un surtidor inerte.
¡Todo por mi callar atribulado
que es más atroz que el entrar en la muerte!

    Poesía recogida en el libro titulado DOLOR de Gabriela Mistral

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