EL MATADOR

Déjeme pasar, señora,
que voy a comerme un ángel,
con una rama de bronce
yo lo mataré en la calle.

No se asuste usted, señora,
que yo no he matado a nadie.

En sus colchones de lienzo
dormirán los sacristanes,
las puertas de las iglesias
estarán todas con llave.

Deme un membrillo, señora,
que voy a morirme de hambre.

Por los helados galpones
llegaré hasta los altares,
con mi revólver de acacia
nadie podría atajarme.

No me mire usted, señora,
con esos ojos tan grandes.

Gritaré: ¡abajo las dalias!
y se asustarán los ángeles,
con mis chicotes de mimbre
los corretearé a la calle.

No me mate usted, señora,
que yo no he matado a nadie.

Al más miedoso de todos
mi gilet voy a enterrarle,
por el obscuro cemento
correrá su fresca sangre.

Cállese, buena señora,
que yo no le callo a nadie.
Le atravesaré las sienes
con una espada de naipe,
regimientos de palomas
despertarán en su carne.

No me mate usted, señora,
con esos ojos tan grandes.

Blandiendo escobas de fuego
vendrían los sacristanes,
yo arrancaría corriendo
por detrás de los altares.

Me matarían, señora,
por haber matado a un ángel.

Dos sacerdotes de esperma
me llevarán a la cárcel,
en una bodega obscura
me encerrarían con llave.

Me comerían, señora,
por haber matado a un ángel.


Dos sacerdotes de esperma
me matarán esta tarde,
por provocar a los santos,
por desorden en la calle,
por derramar en la iglesia
un litro y medio de sangre.

    Poema extraído del libro PARRANDA LARGA. Antología poética de Nicanor Parra

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