Me reí


Ese día también me reí “bien mucho”.Como el día que estábamos con la maestra, y le contábamos de la señora que fué a los Estados Unidos y regresó diciendo “las cookies”, “Oh, my Gosh”, “cool” y algunas otras palabras en un inglés “ranchero” muy cómico, y presumiendo que “en California se la pasaban 'firmando' película”. Nos reímos a carcajadas, porque a tí te daba risa de la risa que me daba y viceversa, pero la maestra nos observaba muy seria. ¡Y entonces el colmo, cuando nos preguntó qué se nos hacía tan gracioso!

O tanto como el día de la señora del vestido verde, similar a los que usaba la india María, bien arriba de la rodilla, de pliegues. Yo estaba en la puerta un jueves de esos cuando no había mucho qué hacer: todos dentro de las oficinas, nadie en el patio, ni ciudadanos o empleados, hasta los albañiles que aún no terminaban de pintar el barandal habían desaparecido. Surgió de pronto por la entrada principal y preguntó dónde era presidencia. Cuando le indiqué que se encontraba en el primer piso, dijo algo muy raro, ya que la escalera estaba justo enfrente, donde el mural; una escalera de caracol grande de mármol, recién estrenada por la nueva administración, era imposible no notarla. ¿Y por dónde me subo? yo me reí y le contesté: pues por la escalera! y me encogí de hombros. Entonces ella me miró con ojos de extrañeza, e incrédula, con cautela, preguntó de nuevo, casi como hablando con ella misma: ¿Y... no me caigo? volví a reirme, y le aseguré en tono maternal que si se agarraba bien, no se caería. Volvía a mi escritorio, pero algo me detuvo, su mirada, el tono de su voz... regresé a la puerta y la encontré, ahí, justo en la esquina del patio, colgada del andamio de madera que los albañiles estaban usando, su vestido corto como un paraguas abierto, su mano derecha pescada de la madera como si fuera Tarzán de los monos mientras de su codo izquierdo colgaba su bolsa de asas, de ésas de plástico a cuadros blancos y azules en las que vendían la cajeta de San Juan, con la virgen pintada al frente. Sólo alcancé a decirle: ¡No, por ahí no! porque la risa me ahogaba y tuve que irme hasta el fondo de la oficina para reírme a carcajadas...

O como el día en que el otro presidente se cayó de la misma escalera cuando bajaba corriendo con su maletín, y lo vimos a través del cristal de la puerta, cómo se levantaba avergonzado y volteaba hacia todos lados para asegurarse de que nadie lo hubiera visto, mientras nosotras nos reíamos a nuestras anchas amparadas por la soledad del privado.

Así más o menos me reí ése día, y creo que hasta más. Lo vi salir con una mochila en la espalda, y sentí que la sangre se me congelaba. Traté de mirarlo a los ojos, pero él evitó el contacto visual y permaneció indeciso. Y así se quedó, hasta que pregunté despacio, con miedo a escuchar la respuesta, pero aún con esperanza: ¿A dónde vas? “Me voy” dijo solamente, como si nada, como decir voy al cielo y te traeré un puño de estrellas. Yo miré hacia la luna entonces, la luna que resplandecía y se adueñaba de la bóveda celeste, le hacía el amor a la vista de todos, y luego se iba correteando a buscar algún rincón más discreto donde nadie pudiera ver la pasión de su entrega. No pude decir nada, él tampoco lo hizo, sólo se fue, caminó lentamente y se perdió en la oscuridad del anochecer. Y entonces sí, mi cuerpo se dobló y casi caí al piso, me levanté como pude y un aullido de dolor escapó de mi garganta, y luego nada, sólo la angustia, la desesperación; entonces corrí buscando amortiguar el dolor, buscando anestesiar mis sentidos para no percibir esa quebradura en mi garganta, en mi pecho, en mi cabeza, corrí y corrí hasta que ya no pude más, y me dejé caer extenuada al pié de un árbol triste, desnudo. Y ahí, encogida en posición fetal, sin importarme que sólo hubiera terrones secos pues no quedaban rastros de pasto, comencé a reír. Muy suavemente primero, y luego como una tormenta anunciada, cada vez mas fuerte; mis mandíbulas y mi abdomen y mi cuerpo se cimbraron con las carcajadas. Me reí de mí, de él, de la inmortalidad del cangrejo y de la leche en polvo, del dios de dos mil años inventado por los hombres, de la imprescindible Coca-Cola y del cepillo rosa que me peinaba de niña, de los patitos feos que no se convertirán nunca en cisnes y de los vasos de agua medio llenos, de Santa Claus y los Magos, del Principito y de Blanca Nieves y de las Mil y una noches, del mundo que se cree dueño del espacio, y del hombre que se cree dueño del espacio y del mundo...

Me reí tanto, “bien mucho”, mientras las lágrimas caían y mojaban la tierra seca, que, pobre, sólo con eso se conformaba...


2010.

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