DE UNA DANZA

FUISTE llamado a la celebración, y una danza te llevó a la raíz de lo infinitamente circular. Primero fue la espera activa (el movimiento ya de algún modo engendrado). Anochecía.
Salieron los danzantes, ellas con pasos lentos, apretadas las unas a las otras como grumo o racimo y con pies que tocaban ligeros no se sabe qué extremos imposibles de la delicadeza; ellos, desatada cintura y hombro ahincado, con pasos minuciosos en lo abierto. Restallaban la viola, el bouzoúki, el sandoúri. Súbitamente, entonces, el grumo se volvió una rápida rueda de faldas fusiformes, los pasos se agitaron sobre el entarimado. Ardían las estrellas. Los pies de los danzantes se izaron hacia el cielo como brusco oleaje y tocaron los bordes de la noche hasta volver al mar con exacto reflujo. Círculo de la danza. Apareció un pañuelo sin adiós, sólo para la unión de manos hermanadas. Collar del aire, corro, gargantilla nocturna. Era el límite justo de todo movimiento, eco puro del dios y lo estelar.

    Poema extraído del libro LA SOMBRA Y LA APARIENCIA de Andrés Sánchez Robayna

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