BESOS DE PALABRA

El beso dice a su modo y ofrece en silencio la palabra que se da, la palabra que acaricia la piel y discurre tierna y apasionadamente por el cuello y el pecho entrelazando, como Cicerón nos pide, el corazón y la lengua. El beso abre la carta sellada por labios ajenos y encuentra en ella el anticipo de lo que habrá de venir y de suceder. Nuestras palabras pueden ser relación, entretejimiento, pueden palpar, abrazar, hasta propiciar la entrega más requerida, la compañía, el afecto o la pasión que nos faltan. No son la sublimación de un beso del que carecemos, son el que damos, el que sólo dándolo recibimos. Las palabras no se poseen previamente, sólo se atisban al ofrecerse, se presagian en su decir.
Tiritan los labios y anticipan lo que quizá no llegue a ocurrir. Pero desearíamos. El temblor del alma los humedece y perfila contornando su dulce y suave textura hasta definir su posición como una llamada, como una llamarada. Aun así, parecen insuficientes para poder hablar. Ninguna lengua articulará la palabra indecible. Sólo un beso logrará dibujarla en común. Tal vez sea necesario demorarse, quizá precipitarse furtivamente, pero nunca la prisa o el tedio. Al besar, la mirada se ve afectada, los ojos se encuentran con lo nunca visto, al precio, en ocasiones, de no ver lo que parece evidente, de ver como si la cercanía total impidiera reconocer, de ver como si el silencio elocuente del eros operara en la visibilidad, hasta tener que ver con alguien, que ya es algo otro que un ver.
Las bocas se encuentran en la palabra beso que, en su juego, es una palabra que insiste en reiterar su primera sílaba.
Basium, con su etimología desconocida, permite el pálpito onomatopéyico de la sílaba inicial y en sus reiteración silban y salivan los labios. Prácticamente se produce un aleteo, un temblor que alcanza a todo el cuerpo, como si el alma nos viniera de al guien. La palabra no surge entonces de ningún interior, nos llega como un deseo, una intensidad, un tiempo callado, un espacio compartido.
Resulta desafiante leer en los labios el preludio de una palabra, lo inteligible hecho carne. No habrá proferencia de sílaba alguna, ni se articulará otro decir que el de un gesto, un abrazo de la boca por la que nos perdemos y nos damos. Necesitamos ese beso-palabra que nos viene de la boca de alguien, que se nos ofrece directa y claramente, que se pronuncia por él o ella en nuestra boca, como si dijera su palabra en nosotros, siendo propiamente la más nuestra, como ninguna.

    Texto extraído del libro ALGUIEN CON QUIEN HABLAR de Ángel Gabilondo

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